martes, junio 17, 2014

La más civil de las batallas

Voy a proponer una opinión menos cínica hacia el soccer por que parece ser lo único de lo que habla todo mundo en estos días.

La principal razón por la que no me gusta el fútbol es por la misma que el béisbol sí: Mi padre. Es algo que he estado pensando los últimos días. Recuerdo que desde niño iba a los partidos de los Padres con mi apá y es por él que aprendí a comprender/querer el deporte. Pudo haber sido cualquiera. Por ejemplo, mi padre también es San Diego Charger pero a mí el Americano jamás me ha entrado (exceptuando en las movies, estoy de acuerdo es uno de los sports más cinemáticos.) Y reflexionando sobre lo mismo, creo que mi papá nunca se metió en el soccer por que al parecer mi abuelo si era chutalero (no lo sé, nunca lo conocí, lo he escuchado en bits y piezas de conversación a través de los años) y posiblemente la rebeldía se brinca una generación en la familia.

El beis es interesante para mí. Es pasivo (algunos dirán aburrido, está bien), disfruto la estrategia ajedrez-like, el ritmo, la precisión, su naturaleza democrática basada en turnos, el glosario de modismos que se han colado al lenguaje para describir la vida. Cuando otra gente habla del fútbol con pasión desenfrenada no lo entiendo, de verdad, probablemente de la misma manera que cuando alguien me escucha hablar sobre baseball.

Y no es nomas sobre los deportes. Uno puede ser pasional con las películas. La cocina. Gadgets de tecnología. Zapatos. Estamos construidos, quiero creer, y no sé si en proporciones exactas, un 50% por lo que crecimos-con y el otro 50% por lo que vamos descubriendo en la vida.



Recuerdo que en la primaria y quizá la secundaria, había breaks y espacios para cascaritas de fútbol. Siempre me elegían de portero, no sé si porque era el más desinteresado, flojo o el único pendejo dispuesto a aventarse sobre duro asfalto. El USA 94 y el Francia 98 eran un big deal y ahí fue donde empecé a notar que la gente se volvía loca por el soccer. La media ya hablaba de #PonerseLaVerde y #SiSePuede cuando el hashtag era solo un signo de gato en los teléfonos y Nokias 5110.

A pesar de ello, nunca me metí en el soccer. Repito, yo estaba ya mucho más interesado en los cuadrangulares de Sammy Sosa y Mark McGwire, los ponches de Randy Johnson y Greg Maddux, los imparables de Tony Gwynn y la carrera por el World Series del noventa y ocho.

Cuando la educación deportiva dejó de ser obligatoria y dejaron de elegirme para cascarear, justifique mi pereza con un nuevo y descubierto interés conocido como las películas.

Probablemente la etapa más irritante de mi vida fue cuando me inicié en el cine de arte y empecé a condenar los deportes, sobre todo el fútbol, como entretenimiento de simios. La gran manipulación de las masas. El circo del pueblo para mirar hacia el otro lado de los problemas. Si bien eso tiene proporciones de verdad, no hay industria exenta de maquinaciones turbias. Solo hace falta ver las movies de Adam Sandler.

A los dieciocho que capacidad de análisis tiene uno y naturalmente queremos ir contracorriente. Caray, todavía existe gente en sus treinta o cuarenta que observan el deporte con desprecio como si fuese un villano a derrotar. Uno que impide a la cultura evolucionar hacia otro plano de existencia. Comunicarnos con telepatía y levantar las bolsas de Doritos con telequinesis.

No sabemos nada del mundo y solo queremos pertenecer. Hacer y compartir los mismos rituales que práctica el resto. Por algo los cinéfilos seguimos yendo al cine cuando podríamos ver (casi) todo en digital o Netflix. Es un templo. Nuestro templo. Cada quien tiene el suyo.

La Copa Mundial en especifico porque tenemos a un pequeño crew de seres humanos representando colores y países. Hay una razón para que los equipos, de cualquier deporte, estén vinculados a una liga o una ciudad. Es por la misma razón que existen los políticos, las sucursales o los comités vecinales: Necesitamos (en teoría, no estoy tan de acuerdo) a alguien que nos represente donde no estamos o podemos estar. Los Dodgers son de Los Ángeles. Los Cowboys son de Dallas. La Selección Mexicana es de México. Con el uniforme se cargan los sueños y aspiraciones de todo un grupo de habitantes: Demostrar vía la competencia que somos superiores al resto. Esa es una tradición que viene desde los ancestros. Desde los changos hasta los emperadores. La conquista y la guerra. En ese espectro, el deporte es la más civil de las batallas. A nadie se le corta la cabeza como los Aztecas. Se invade otra nación con permiso y acuerdos, no con explosivos y balas. Se determina mediante acciones calificables (no como el arte, donde todo es subjetivo) quien de las pandillas es la mejor de todas.



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