viernes, noviembre 22, 2013

La gravedad de la moraleja



Las geniales películas no son buenas por que las comparamos contra las malas. Eso sería hasta injusto. Las geniales películas son buenas porque incluso al compararlas contra las buenas, resultan ser mucho mejores.

En un viejo y ya extinto blog mío (he estado paulatinamente recuperando algunas entradas hacia este espacio), un diciembre del año 2009, arrojé el siguiente comentario: James Cameron (con Avatar) creó un espectáculo visual como nunca. Ningún halago le hará justicia a una experiencia cinematográfica que me gustaría comparar con lo que seguramente fue El Viaje a la Luna de George Melies hace más de 100 años. Si bien el cine ya no es un medio tan relativamente nuevo, y a pesar de las incontables historias que se cuentan en él, raras son las películas como ésta, que empujan las barreras tecnológicas (el cine detrás de todo es tecnología, por si no sabían) y más importante, delimitan lo que vendrá.

A casi 4 años de ese párrafo, me da gusto saber que algunas de mis opiniones sobre el cinema han cambiado y otras no tanto. Lo primero que aprendí es a no arrojar declaraciones sobre las cosas como si fueran contenibles y finitas. En la otra mano, cuando escribí ese "delimitan lo que vendrá" antes del punto final, se sentaba uno como cinéfilo, impaciente, preguntándose cuando, o como, "lo que vendrá" iba a llegar.

Ya defendí un poco al Hobbit de Peter Jackson en un post por acá pero ni 10 minutos de esa movie nos preparan para la Gravedad de Alfonso Cuarón. Avatar y The Hobbit son filmes de fantasía ante todo, años en el futuro o años en el pasado. Los tropos del héroe que debe imponerse ante el mal y salvar, o perecer en el intento, la prosperidad de toda una tierra. Bastante común y aceptable convención de la narrativa en el cine. Arrastran traseros a los teatros y nunca se nos debe olvidar esa es la sola intención de un producto comercial. Cameron y Jackson, definidores del blockbuster en los noventas y early noughts, respectivamente, serán recordados no tanto por sus contenidos, sino por su interés en como contar las historias. Prestando igual, si no más, atención a la envoltura sobre el regalo.

Hay teorías que sugieren que los géneros del cine son non-existentes y básicamente todos son dramas. El mismo conflicto humano de superar una o varias circunstancias en contra y que todas las movies en la historia son la misma idea re-empaquetada. Será verdad lo anterior o no, lo dejo a los sentimientos de cada quien sobre el arte, pero lo que hace interesantes a Cameron y Jackson es su aproximación primordialmente tecnológica. Aquí viene una tercera.



Gravity no es una movie que trata de enmascarar un plot básico con mucha historia. Lo que le da un espectro gigante es que se desarrolla en el espacio, y para el 99.9% de la humanidad que no hemos podido estar allá, se siente como una odisea fuera de nuestro alcance. Apela al miedo de lo que nunca vamos a entender y se suma a lo que gradualmente se revela como una serie traumas personales. Estar perdido en el espacio es una situación de gravedad. I hate space, diría Sandra Bullock.

Es difícil de percibir si no prestamos atención desde el primer cuadro, pero el horror de Gravity no es simplemente el cuento que se nos está contando, es la tecnología. Como dije arriba: la envoltura del regalo. De pronto estamos flotando en la obscuridad cuando nunca pedimos estar ahí. Es "el viaje a la luna", all over again.

The Grey meets Life of Pi sería una manera inmediata de definirla. Horror de supervivencia en un ambiente hostil y la búsqueda de una fuerza exterior que quizá está adentro de nosotros desde el principio.

Tengo que hablar del final de Gravity, que tal vez sea el punto de quiebra para muchos, o en mi caso, la última razón por la que la amo. Entonces pues, SPOILERS a continuación:

Hay un momento ridículo a la mitad del film (como si hablar de una movie de fantasía espacial por sí solo no lo fuera) donde la doctora que interpreta Bullock finalmente se pone a salvo en el interior de un satélite ruso. Eso está bien. De pronto, hay una alerta de incendio dentro de la capsula. La doctora trata de apagarlo con un extintor pero se le va de las manos. El fuego crece. Se expande. Inmediatamente, lo que pretendía ser un aventura "realista" se convierte en el tropo de acción #427: Salvarse a último segundo del peligro que nos persigue. Así sea un Tyrannosaurus rex, una piedra rodante gigante, o en este caso, una bola de llamas.

Ahí es cuando la película nos está tratando de reiterar, por si se nos había olvidado: esto es Hollywood bro, chill. Toleraste la ridiculez de Inception y los sueños dentro del sueño, acompáñame en este episodio interplanetario.

Hacía referencia a Life of Pi arriba porque, lo que superficialmente se trata de salvar el cuerpo realmente es una escusa para contarnos por qué es necesario salvar el alma. El espíritu. Lo de adentro pues. Nosotros crecemos, "maduramos" y nos volvemos mas fríos, cínicos e insensibles ante las moralejas. Alfonso Cuarón (y Ang Lee en todo caso) vienen de una generación donde no había internet y a los niños se les contaban cuentos con moraleja. Si el héroe no aprende nada al final y cambia su forma de ser, entonces toda la aventura que le precedió no sirve para nada.

Es importante que Sandra Bullock sobreviva al final de Gravity, con ese score motivador y estridente, en una secuencia tensa y exagerada. Se ha transformado. Ya la vimos reír, aunque sea un poco, definitivamente la vimos llorar. Sufrir. Derrotarse. A punto del suicidio.

Pero regresa.

Ya hemos tolerado mucha mierda como para rendirse sin intentarlo.

Es filosofía comercial de la cultura pop moderna. Me parece más pedante sugerir que una película que solo han visto 6 personas toca el mismo punto y lo hace mejor, que un espectáculo popular al que puede acceder un montón de gente. Que mujeres puedan arrojar argumentos sobre lecturas feministas, o economistas encuentren sospechoso que sea una nave china la que salva a los americanos. El cine pues, son las fabulas de nuestra era. Los cuentos que se registran en videos para contarse de generación a generación.

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