lunes, diciembre 19, 2011

Sobre la riqueza musical o sobre los músicos pobres

Texto publicado originalmente en la revista Diez4

En ese lugar común de empezar citando la hora del día y el clima, era una noche fría. Gélida, como ha sido la contestación del invierno al verano de Tijuana. Y un poco lloviznosa. A pesar de, salí con solo una playera negra de .357 Magnum y la chaqueta verde que uso cualquier otro día de la semana. La historieta comienza donde empiezan la mayoría de las historias: en el taxi rojo que va por todo el boulevard Díaz Ordaz, Agua Caliente, hasta el Centro. En el camino me acomodo calientito entre otras siete u ocho personas, dibujo una carita feliz en los vidrios empañados de nuestro CO2 para poder asomarme a la calle. Pienso en esos últimos textos y discusiones en línea que han provocado debates infinitos entre la comunidad musical de la ciudad. ¿Qué porque no hay bandas buenas?, ¿Qué porque no hay propuestas chidas o eventos relevantes?, ¿Qué porque la gente del mundo cuando piensa en Tijuana solo se le ocurren Julieta, Nortec y Manu Chao (y eso que este cuate ni es de por acá)? Muchas respuestas que ponderar. Con muchos eventos y poco dinero, fui a visitar esa calle, que para bien o para mal, ha marcado el pulso de la vida nocturna en los últimos años: la sexta.



Hice una parada breve para quemar tiempo en La Bodega Aragón, un venue que en apenas un año y feria de edad se hecho de una prometedora reputación para eventos multi-géneros. No puedo voltear a ver el escenario sin recordar cuando estuvo por ahí Aviador Dro, el grande. Abrazándome a mí mismo, forever alone, trato de ahuyentarme el frío frotando mis brazos. Camino hasta el sector aún no invadido del sextón donde vive El Vulgo Bar. Apenas se arrimaba una noche de hip-hop y reggae en beats de selectores y micrófonos de MC’s. Me encuentro al Cadáver, host de La Morgue Horror Show y mi vieja amiga, Sistah Lulu con quien tuve una conversación de la cual les extraeré una sinopsis más adelante. Como el party todavía no empezaba, pase al segundo spot de la lista.

Subí hasta el tercer piso del Black Box donde cuentan que se hospedaba un strip-club privado. Y siempre que hablan de privados clandestinos me viene a la mente esa épica escena con Jennifer Connelly de Réquiem por un Sueño. En este escenario ya no había morras dándose de culo a culo, si no un octeto de luchadores tocando los peores covers, mixes, popurrís, o como quieras llamarles, de rock en tu idioma y donde la única vagina estaba en su nombre: Pucha Lucha. Yo iba por los Tijuana Twist pero me quede por un show desmadroso. La chica más groovy del rocanrol, miss DJ Ivy Satana, me comenta que la banda rara vez hace shows así de pankos. Están acostumbrados a presentarse en sport bars para poder cobrar sus tocadas. No ofrecen buenas melodías, pero saben cómo prender un escenario y eso se traduce en público que paga. Es un espectáculo de lucha libre y acrobacias homo-sexosas. Escuchando una­ rola de Kiss en español, la que alguna vez versionara Paulina Rubio, quedó claro el detalle. Me fui.



Regrese al Vulgo donde ya estaba tocando Lulú. La que siempre saca tracks de dancehall en español que me encantan. Había una chica de cabello bicolor que olvide tomarle fotos o video pero encarnaba perfecto el flow del espacio. Un pie. Otro. Así con ese ritmo. Las cervezas se empezaron a amontonar en el cuerpo. El set terminó y mientras se instalaba el Danee Brown, nos sentamos Lulú con su té y yo con mi Victoria en una breve pero luminosa plática. Ella dice que le gustaría hacer lana de sus presentaciones. Poner un jarrón de propinas para que le coopere la banda. Hay que pagar la renta. Es injusto que los músicos no puedan vivir de lo que les apasiona como lo pueden hacer la mayoría de los oficios. La música para los entertainers no es un hobby. Ya lo comentaba también Martha Preciado, la boss del All My Friends, en un podcast reciente de la revista Melomaniaco. Llegó el tiempo de los productores y de entender los shows de música made in Tijuana bajo nuevos conceptos. Hablando del All My Friends, por ahí estuvo mi última parada.



Entre más tarde se hacía, desafiando la lógica, los venues estaban más atascados. Con un litro de cheve en la mano, por el backlot del Moustache era imposible moverte hacia algún lado, esperando colas de veinte minutos para llegar al baño y otros tantos para regresar a tu lugar. Los Ibi Ego tomaron el escenario quienes ya tenían un rato sin tocar por acá. Hace poco entrevistaba a su vocalista, bajo el seudónimo kinky y fantasmal conocido como Dani Shivers, donde me platicaba de manera muy honesta que le gustaría poder ganar algo con su música. De cómo en los tiempos de internet y gente compartiendo todo, es casi imposible poder hacer feria vendiendo tracks que la gente sea como sea va a descargar en línea y, en lo que seguramente termina siendo una regresión a las primeras sesiones sonideras tribales donde no existían discos ni mp3′s, los músicos del futuro, así como los del pasado, se harían ricos solo de sus tocadas live. Ibi Ego (y el alcohol) me hizo recordar lo agradable que es andar en un lugar donde el público está interesado en escuchar la música por encima de bailotear o echar desmadre, y lo dice alguien que también le fascina el Ruidosón y el 3Ball.

Cuando la gente habla de estas bandotas tijuanenses que se hicieron famosas en tiempos de MTV y Telehit, se les valora no por geniales sino porque son las únicas lucrando con su música. Ya se murió el tiempo de los acaparadores. Cualquiera de las bandas que escuchamos hoy ya están tocando en foros democráticos. La estrategia para volverse rentable es atacando nichos específicos. Hay muchos más géneros en la ciudad además del punk, reggae o pop que no tuve oportunidad de ver esta noche, pero apuesto a que ningún stage estuvo vacío. Hablar de la audiencia homogenizada como que desprestigia el valor de una escena y me parece mucho más importante que cada quien valore en su ritmo y su corazón aquello que le hable a sus instintos. Nunca he entendido esta urgencia de que algo les guste a todos y a todas. Al menos no en algo tan subjetivo como la música. Para eso siempre tendremos el sexo.

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