viernes, septiembre 17, 2010

La Galaxia Andaluz


Click aqui para leer Parte 1

Parte II

La morena se llamaba Rosa. Su novio era un traficante de drogas jamaiquino. Aunque ella no parecía ser de allá, tenía esa influencia caribeña en sus maneras. Después de la primera cogida, debió ser cosa de una sola vez, pero nos seguimos viendo. Nunca fue necesario escondernos, siempre pasaba en su departamento. Lo hicimos de todas las maneras. Esa mujer tenía la actitud de una estrella porno. No creo que lo fuera, pero si la chupaba como tal. La idea básica fue de Roger, el novio. Debía ganarse a un policía que eventualmente les facilitaría el tráfico de marihuana en la ciudad. El problema fue, no solo que eligieron al único policía de la ciudad que en teoría era incorruptible, si no que en ningún momento Roger le dio luz verde para que cogiéramos. La chica debió seducirme nomas, pero el asunto se le fue de las manos. Rosa quedó embarazada, de mí, durante el tiempo que Roger estaba en Jamaica. El estaba más enojado que el carajo. La golpeo dejándola morada. Le obligo a abortar. Y, como era de esperarse, su próximo blanco era mi rubia cabezota.

- Favor de regresar a sus asientos. Ajustar sus cinturones. El avión comenzara su descenso. Gracias.

La voz de una mujer robot me despierta. La metrópolis se impone por la ventanilla. Nada que ver con mi ciudad de Dios. Es la primera vez que viajo por negocios no por placer y aun así, es la primera vez que disfruto la idea del viaje.

Ya en la tierra, como en las películas, me espera un señor con un letrero que escribe mi nombre. Me acerco. Es un viejo que me examina con un monóculo. “Si, debes ser tu” me dice. Me lleva a un elegante Volkswagen negro. Reluciente. El se monta de conductor y yo de pasajero. Hay una especie de silencio incomodo en el trayecto. Me atrevo a romperlo.

- Hace un poco de calor ¿No?
- Shh. No hable. Disfrute la vista.

Y el viejo tiene razón. Quedarnos callados me obliga a mirar por la ventana. Las calles, la gente, los edificios. La limpieza de los alrededores. Los locales con nombres extraños. Las mujeres bonitas son bonitas diferente a las de mi pueblo. Todo está escrito en mi idioma y de todos modos no se parece a nada que antes haya visto. “Llegamos” me dice el viejo. Se baja del coche para abrirme la puerta. Estamos ante un restaurant fino. “No se asuste, sus gastos están cubiertos, así pida lo más caro del menú”. Cuando entro al lugar, un caballero con la pinta de guardaespaldas me toma del hombro y me apunta a una mesa en el fondo. Acercándome a la mesa reconozco al único individuo que la ocupa. Es Federico Santa Fe, el Fefe.

- Hola.
- Que tal.
- Espero que el capitán Archundia te haya hablado sobre mí.
- Si.
- Bien, eso hará esto más fácil. ¿Te comentó todo sobre el trabajo?
- Si. Digo, fue bastante claro. No sé si aun haya más cosas que decir.
- Quedan un par. Así está el asunto. Melchor Sarabia está hospedado en un hotel en el centro de la ciudad. Marcel te llevara allá.
- ¿Quién es Marcel?
- El hombre que te condujo aquí.
- Ah. Ok.
- Llegando al hotel empieza tu trabajo. Yo llegare media hora después. Mientras puedes pedirle a Marcel que te lleve a una tienda de ropa y cambies lo más posible tu aspecto.
- ¿Tan mal me veo?
- Bueno, para ser honesto, no soy muy fan de tu estilo, pero no, es parte del trabajo. Desconectarte del pasado. Ya no eres tú. Eres un vigilante. Otra persona. Un oficial encubierto. Cúbrete.

La mesera se acerca a ofrecernos algo de comer. Ordenamos y se va.

- Hare que Sarabia firme unos papeles. Me retirare junto con los custodios que están afuera de su habitación. El será un hombre libre. O eso creerá. Desde el momento que pone un pie fuera del hotel tú eres su sombra. Cada paso. Cada respiro. El reto es que nunca debe saber que estas ahí. Eres un monitor silencioso. Marcel te dará un maletín. El maletín contiene un par de armas para defensa personal, una radio que solo te comunicara conmigo, tu primer pago, una laptop y un iPod.
- ¿iPod?
- Si. Para tu música, juegos, yo que sé. Está prohibido twittear.
- Ni se usar eso.
- Mejor. No puedes tener contacto con nadie que no sea yo. Cualquier dato, petición, comentarios y opiniones, te diriges conmigo. ¿Quieres un tanque de guerra? ¿Un helicóptero? Me los pides a mí. Yo veré la manera de que los estés conduciendo en menos de 10 minutos. ¿Entendido?
- Yes.
- ¡Vamos a esperar la comida entonces!

Con la barriga llena, reclino el asiento un poco. Marcel me señala una tienda de ropa en una esquina. En este momento voy a ser como tres tallas más grandes de lo habitual. Lo fancy no es lo mío. Obviando mis circunstancias, me tapo todo de negro para combinar con el maletín. Pantalón. Botas. Camisa. Suéter. Lentes. Pago en el mostrador. Me llevo la ropa puesta. Me enfundo las dos pistolas que me dieron. Marcel me conduce al hotel. Tal como me contó Federico, dos policías custodian una habitación especifica. Me quedo ahí, sentado en una banca con vista perfecta. Marcel se aleja con el coche. Estoy abandonado en tierra de nadie. Me pongo a jugar con el iPod una aplicación de crucigramas. Minutos después llega el Fefe. Entra a la habitación. Tarda otros minutos. Sale y los policías le acompañan. Federico parte en su auto y los oficiales en una patrulla. Me empiezo a poner nervioso. Oficialmente, reviso mi reloj, a las 4:37 de la tarde inicia mi chamba. Estoy nada listo para esto. Transcurre casi una media hora hasta que Melchor abandona la habitación. Yo me pongo de pie y le sigo.

Melchor llega hasta un parque no muy lejano. Se recarga al lado de un basurero. Me quedo a una distancia considerable para que no me vea. Pasan unos minutos hasta que un automóvil se acerca a Melchor y este se monta. Debo actuar rápido. Como en las películas, al próximo taxi que veo le pido: “Siga a ese auto”. El me dice: “Esto no es una película” y se niega a hacerlo. Me bajo del maldito taxi. Vete a la verga taxista. En el parque hay un jovencito montando una linda bicicleta roja. Le meto el pie. Me duele hasta el culo pero logro que se caiga. Le robo la bici y empiezo a seguir la trayectoria de Melchor.

Llegan a un condominio dentro de una zona residencial. La gente me observa raro. No dudo que me veo ridículo. Del carro se baja una joven conductora pelinegra y Sarabia. Entran al edificio y después en el cuarto piso desaparecen. Estaciono la bicicleta por ahí y me adentro también al edificio. Subo despacio las escaleras hasta el piso numero 4. Hay tres departamentos. Aquí les perdí el rastro. Llego a la planta baja de nuevo. Espero a que pase una niña. Le digo: “¿Quieres que te regale una bicicleta roja?” Ella me dice que sí. Le digo que el asunto esta fácil. Solo debe tocar a las tres puertas del piso número cuatro y decirme quien vive en cada departamento. Afortunado de yo, ella acepta. Le espero. Regresa y me dice: “En el 4A hay una muchacha bonita, en el 4B una señora rara y en el 4C nadie me contesto”. Eso me dice mucho pero no me dice nada. La niña me exige la bici y yo se la doy. Se escapa montándola por la banqueta. Subo de nuevo y me detengo en medio de las tres puertas.

En él 4A hay una “muchacha bonita”. Jamás pude ver si la conductora era bonita. Además ¿Qué es bonito para los estándares de una niña? Estoy seguro que la conductora de Sarabia no era una “señora rara” pero que tal si ellos dos no son los únicos habitantes del depa. Y finalmente el 4C. ¿Qué tal que ahí están Sarabia mas compañía y simplemente decidieron no abrir? No me siento del todo confidente, pero una habitación sin respuesta es mi opción favorita. Toco yo también. Noc, noc. Nadie contesta. Noc, noc. Igual. Uso mis habilidades policiales para forzar la entrada. La puerta se abre. El hogar se ve habitado y afirmativamente, no hay nadie por el momento. Ni en la cocina, ni en el baño. Solo hay una recamara bastante ordenada. Como Blanca Nieves me echo sobre la cama y sin contar con ello, me quedo completamente dormido.

継続する
Continuara...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario