jueves, febrero 18, 2010

CONSTANTEMENTE SUEÑO TIBURONES

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-Parte III-

La primer cosa que intento es utilizar los números dados para abrir el maletín. No funciona. Mi frustración me lleva a Google para hacer una búsqueda en “¿Cómo abrir un maletín con candado?” Yahoo Answers tiene la respuesta, pero tendré tiempo de intentarlo hasta la noche. Tomo el autobús. Me siento a contemplar por la ventanilla. El tiempo pasa muy lento. En la esquina de siempre, el personaje de la lotería se sube al camión. Boletos. Boletos. Sáquese el millón. Así es. Un millón de pesitos. Marque sus números favoritos. El cumpleaños de la hija. El aniversario con la señora. La fecha de defunción de la suegra. Un millón. Un millón. A solo 10 pesitos el ticket. Entonces me golpeo. La numeración del tiburón no era el código para abrir el maletín. Era una sugerencia para anotar en la lotería. O eso es lo que decido creer mientras le compro un único boleto al joven vendedor. Andele cómprese otro. Me insiste. Así esta bien, me siento con suerte. Le aseguro mientras le pago con una moneda. Chale pues. En dos semanas anuncian el resultado, pa’ que lo vea en la tele. Lo haré, lo haré.

Al llegar al restaurante lo primero que hago es buscar a Sandra. Esta en la cocina, terminando de prepararse para un día más de trabajo. Ven aquí. Le digo.
–¿Que pasa?
–Quiero que seas testigo de lo que voy a hacer.
–Ooh, A ver.
–Compre un boleto de la lotería.
–Mmm… pensé que era algo más interesante.
–Espera. Soñé con un tiburón.
–Eso ya lo se.
–Lo que no sabes, ni yo sabia, es que los tiburones hablan.
–No hablan.
–Hablan y dicen números. Números que al inicio pensaba que eran la clave del maletín.
–¿El que te dejo ayer el robo-hombre?
–Ese mero.
–¿Aun no lo abres?
–Mira. Marco el 6, 11, 17, 26, 43 y el 47. En dos semanas me haré millonario con esos números.
–No te creo.
–Creeme, por que cuando lo sea. Te iras conmigo.
–¿Qué?
–Te iras conmigo.
–¿A donde?
–A donde tú quieras. Tendré un millón de pesos. El cielo es el límite.
–¿Me llevarías a Paris?
–Si ¿Por qué no?
–Claro que no me llevarías.
–Si, te prometo.
–Ok. Si tú lo dices… debo ir a acomodar las mesas. Ahí te veo.

El día corre lento. Más lento que lo normal. O será que estoy impaciente por que pasen dos semanas. Está la parte de mi que sabe no ganare la lotería, pero, últimamente, no tengo mucho a que aferrarme. Estoy harto de esos malditos tiburones. Finalmente llega uno que viene con esta revelación. Tal vez deba ver al doctor antes de lo planeado. Se están soltando mis mecates. Solo quiero. No se. Un curioso chamaco de uniforme azul se acerca a mí. Lleva un paquete en sus manos. Buenos días. Saluda. Buenos días. Le contesto. Tengo una entrega para esta dirección. ¿Me puede firmar? Claro que puedo. El joven se despide después de la transacción. Estoy a punto de llamar a Carlos, el gerente, cuando veo que el paquete esta dirigido a mi. ¿Cómo no vi eso antes? Como si esperara una muestra prohibida, me aseguro que nadie me vea. Lentamente rompo la envoltura de este delgado envoltorio amarillento. Un pequeño trocito de papel al fondo. Ligeramente pegado a uno de los costados. ¿Qué es?, ¿Qué es? Se aparece Sandra a mis espaldas. No lo se, a ver. Retiro lo que al tacto descubro es una fotografía. Es una imagen de ayer, cando yo y el hombre robot estábamos sentado en la mesa, justo en el momento que yo tomaba el maletín de sus manos. Eso es todo. Nada más en la bolsa. Cero. ¿Qué es? Vuelve a preguntar Sandra. Es una foto. Le contesto con miedo. Espera.

Salgo del restaurante. Rápido. Trato de descubrir el ángulo desde donde esta fotografía fue tomada el día de ayer. Paso por el estacionamiento. Por el basurero. Aquí. En el suelo, para aumentarle, hay un guante negro. Lo recojo. Es idéntico al que usa el hombre robot en su mano postiza. ¿Cómo puede ser? Sandra llega hasta donde estoy. ¿Qué pasa? ¿Todo bien? Me pregunta, notando algo de consternación en su voz. No, nada esta bien. Lo siento. Tendrás que decirle a Carlos que tuve que ausentarme temprano. Nos vemos Sandra. Y corrí. ¡Hey, espera! Me grita, pero yo no miro atrás.

En mi casa, revisito el sitio de Yahoo Respuestas donde me dicen como abrir el maletín. Pero no tengo ni la paciencia ni las ganas de aplicarme con eso. Tomo ese maldito artefacto y lo golpeo recio contra la pared. Una. Dos. Tres. A la cuarta se escucha un crack. ¿Qué pasa ahí? El señor Rodríguez pregunta desde afuera. A la quinta el maletín explota. Pero es una explosión buena. No sale fuego ni escombros de ahí. Una nube de billetes vuela por toda la casa. En los sillones. En la cocina. En la cama. Billetes relucientes llueven, despacio contra el viento. Caen tan ligeros, como hechos de algodón. No lo puedo creer. Soy rico y no se que hacer.

Termino de colectar todos y cada uno de esos billetes. Los apilo en una esquina vacía del departamento. Mi teléfono suena. ¿Si?
–Hey, soy yo.
–¿Sandra?
–Si. Dime que estas en tu casa.
–Si estoy, ¿Por?
–Le pedí a Carlos tu dirección, espero no te moleste.
–No para nada.
–Creo que estoy afuera de tu edificio pero no se. Dime si estoy. ¿Es uno verde?
–Si, ese es.
–Okay, ya subo.
–Cuarto piso.

Nunca he limpiado mi casa tan rápido como lo hago en este momento. Sandra llama a la puerta. Le abro. Me da un gusto enorme verla. Su carita de ángel, oscuro, pero ángel aun. La invito a pasar. Ella pasa. La siento en el sillón, le ofrezco algo de beber. Ella se asienta con una tradicional Coca-Cola. Estaba preocupada, se nota. Yo le explico, paso a paso, la surreal situación. Se ríe. Ve la pila de dinero. ¿Qué harás con el? No lo se. Me siento a su lado mientras me sugiere un montón de posibilidades. ¿Es ese dinero la solución a mis problemas? No puedo dejar de pensar en la foto. El guante. ¿Por qué un extraño robot me daría semejante regalo? Con todas las dudas aparte, Sandra, la chica emo de mis sueños, esta a mi lado. Mueve sus labios pero no digiero las palabras que salen de su boca. Este minuto. Este segundo. Este momento. Este suceso. Este es el mejor instante de toda mi vida. Me pongo de pie. Me tiemblan las piernas. Le pido a Sandra que guarde silencio por un segundo. Ella se queda quieta. Hermosa. No puede ser de otra manera. Sandra… creo… creo que estoy… bueno, me… te quiero. Me gustas. Me gustas mucho. Me caes bien y todo. Creo que estoy bien enamorado de ti. Y si tu no, no digas que no…
–¿Quien dijo que no, tonto?
–¿Qué?
–Ya sabía. Tú también me caes bien.

Y se pone de pie y me besa. Me siento como un tonto perdiendo el control. Y será mejor que me calle por que prefiero enfocar mi cabeza en el montón de cosas sucias que vamos a hacer, ahora mismo, en la cama. Háganse a un lado tiburones.

Mañana siguiente.

¿Soñaste con tiburones? Me pregunta. Si, no tenía necesidad de soñar contigo. Ya te tengo aquí.
–Eres bien cursi.
–Algo así.
–Estaba pensando. ¿Por qué no compras un carro?
–Debería ¿No?
–Compra un carro. Y nos vamos de aquí.
–¿A donde?
–A donde sea. No quiero seguir aquí.
–Supongo que ya renunciamos ¿Verdad?
–Yep.
–Vamos por un carro entonces.

Dentro de la regadera, Sandra y yo, un ojo se me va a su cuerpo, sus tatuajes, su cremosa piel y el otro hace una introspectiva dentro de mi cerebro. ¿Joderse a la vida es así de fácil? Un día es gris y ahora todo es blanco. No se si sea solo yo, pero existe un encanto en ver a una chica vestirse casi similar a verla desvestirse. Se roba una pieza de mi ropa interior. No se pone sostén y reutiliza el uniforme verde que llevaba en su ex-trabajo. Necesito ir por mi ropa a la casa. Me dice. ¿Qué te parece si tu haces eso y yo voy a buscar un carro? Paso por ti y entonces nos vamos. Sugiero. Me parece excelente. Pero primero… Y cuando menos pensaba, estamos cogiendo otra vez.

Hace falta caminar un rato para ver un coche con la leyenda “se vende” en una de las ventanas. Anoto el número de teléfono. Intento llamar por mi celular pero mi crédito se ha agotado. Un millón de pesos, o alguna cantidad inferior, nunca conté los billetes, en mi mochila pero ni un maldito centavo en el teléfono. La segunda opción más cercana es ir a un público. Voy. Un segundo antes de tomarlo empieza a sonar. Que raro. Lo tomo y contesto.
–¿Si?
–No compre ese auto.
–¿Qué? ¿Cómo sabe…? ¿Quién habla?
–Venga a (insertar dirección) en menos de una hora.

Y cuelgan.

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