miércoles, febrero 17, 2010

CONSTANTEMENTE SUEÑO TIBURONES
-Parte II-

Soñé con un tiburón otra vez. Le digo a Sandra. ¿No piensas ir con un doctor para eso? Me pregunta.
–¿Crees que deba?
–No lo se, no creo que sirva de mucho pero… mínimo sabrás que significa.
–Nunca había pensado en eso ¿Sabes? Tal vez deba.
–Tal vez no. Ve. Al menos a mi me da curiosidad. Puedo…
–¿Puedes que?
–Puedo recomendarte al mío. Voy a terapia. No es fácil de admitir.
–No es tan complicado.
–Lo es cuando quieres… tu sabes… irte de aquí, dejar todo… la vida apesta. 

Lo que no es fácil de admitir es que me he enamorado de una suicide girl. Se ve tan extraña sacudiendo los platos por aquí y por allá. Sus sonrisas, por muy ocasionales que sean, cuando pasa por enfrente de mi estación. Cuando me viene a entregar las cuentas de los clientes. La perforación en su labio, deshabitado durante la jornada, resplandeciente después de las seis. Su ombligo también porta un arete que se asoma con cada estirón. Proclama tener uno mas en alguno de sus pezones y apenas puedo imaginar el día en que tenga oportunidad de ver eso. La vida no apesta. No mucho. Disparale un poco de perfume y ya.

El reloj marca las seis. El turno de la noche empieza. Es miércoles. Dos por uno en el cinema. Sandra se colorea los ojos de un negro que espejea sus interiores. Después de despedir al resto del personal, me acerco a la chica que me roba los pensamientos. ¿Quisieras ir al cine ahorita? Le pregunto cuidadosamente. ¿Qué hay? Pregunta de vuelta. Amm… no lo se. Misterios de la sangre. Creo que ya llegó esa.
–Oh, esa si la quiero ver.
–Entonces ¿Que dices?
–Claro, vamos. ¿Tú invitas no?
–Pff ¿Acaso hay otra manera?
–Nop, no hay.

Cine. Palomitas. Refresco. La chica de mis sueños a un lado. Película de vampiros. Gritos en la sala. Lagrimas en el desenlace. Un largo camino a casa. Mi departamento esta tan vació como mis ganas de hacer algo. Mi cama espera una aventura más con esos tiburones. Mi laptop esta tan inútil sin internet. Nota mental: Debo contratar servicio. Debo pagar el alquiler pronto. No debí llevar a Sandra al cine hoy. Debo hacerle una llamada al terapeuta de Sandra para que me haga espacio. Estos sueños con tiburones me están cansando y después de todo, son la única cosa segura en mi vida. Todo lo demás es un puff.

Tres de la mañana. Despierto por un vaso de agua después de un intenso sueño con otro tiburón. Siento algo. Una presencia. Antes de creer que divago, me asomo por la ventana del departamento que apunta a la calle. No estoy muy seguro, pero creo que el hombre robot esta parado detrás de una esquina. Esfuerzo la mirada, pero me da miedo darme cuenta que es verdad. Mejor cierro la cortina y vuelvo a dormitar. La ventaja de lo aburrido es que no peca de sorprendernos.

Día siguiente. Te lo juro Sandra, el hombre robot estaba espiándome.
–¿Qué motivos tendría para espiarte?
–No se, tal vez para eso lo programaron.
–¿Pero para que? ¿Quien ganaría algo con eso? Un especialista en tiburones quizás.
–Ha ha. Mucha gracia.
–Poquita nomás. Oye, debo volver a trabajar. Toma, aquí esta la tarjeta del Dr. Almansa. Llámale.
–Lo haré. Lo haré.

En mi hora de comida voy al centro comercial. El sitio de espera no es muy interesante. La soledad en compañía. Los clientes gritando sus problemas en las ventanillas. Es turno de que me atiendan los proveedores de mi servicio telefónico para que me activen internet en la maquina. Esa misma noche retomo mi cuenta de facebook para agregar a Sandra a mi lista amigos. La única que me interesa. Espero impaciente, como si fuese a aceptar mi solicitud en los próximos cinco minutos. No sucede. Apago la cochina laptop. Mañana siguiente, después de una sesión de tiburones, y antes de irme a trabajar, enciendo la computadora para revisar mi cuenta. Solicitud aprobada. Comentar en nueva amistad. Hola chica! finalmente te pude agregar a esta cosa, jaja :) Nos vemos luego.

Mientras cierro la puerta del departamento, escucho una voz que no me gusta mucho, que por fortuna solo llega una vez cada treinta días. El señor Rodríguez me pide la renta. Hoy en la tarde se la dejo. Lo prometo. Mi camino al trabajo no es muy placentero. Nunca lo es, pero hoy de plano no. Para empezar, es el día libre de Sandra. Carita larga por que no la veré. Me choca cuando se me juntan los pagos. No por que no pueda hacerlos, apretado, pero los saco adelante. Lo que odio son las facilidades falsas de hacer dinero que promueven a mí alrededor. Al menos una vez en la ruta, se sube un caballero que vende boletos para la lotería. Gane un millón de pesos. Si claro. Los postes de luz cuelgan leyendas diseñadas en Power Point que aseguran riqueza en menos de 24 horas. ¿Por qué no hay mas gente llamando a esos números? ¿Por qué hay bellas chicas emo quejándose de que la vida apesta, cuando las posibilidades de hacer dinero son hartas? Oh, de veras. El dinero no compra felicidad. Mierda. El dinero es felicidad. La vida en la ciudad no es farmville mis queridos hippies. All you need is cash y Johnny Cash tengo.

Llamo al Dr. Almansa. Tengo cita para el próximo lunes. Unos días para despreocuparme. Estoy seguro que después estaré convencido de que la sanidad me ha abandonado. Korina y Esmeralda se bambolean por todo el restaurante pero ninguna con la gracia, o mas bien, ausencia de, que rodea a Sandra. La extraño. El uniforme verde que llevamos aquí le luce tan bien a ella. Su cola se bordea súper rica. Como un durazno listo para comerse. La blusa blanca en ocasiones pierde un botón. Ocasiones en las que espero captar, aunque sea de reojo, esa infame perforación. Ya ni se diga lo tanto que me muero por entrar a indagar en su escote.

La telenovela que satura a la misma hora, en el mismo canal, diario, en el restaurante, empieza. El camino del deseo. Que nombre tan intenso. Me dispongo a ver una entrada mas de la saga, no hay mucho que hacer aquí, cuando una interrupción abrumadora se postra en la entrada. El hombre robot y su maletín negro. Camina despacio hacia mí. Se acerca demasiado. Su piel húmeda elimina cualquier posibilidad de estar frente a un cyborg. O será que escurre litio de sus circuitos. Mesa para dos por favor. Me solicita. Mi inesperado atrevimiento le replica. ¿Viene acompañado, señor? Empiezo a imaginar que en este momento va a tomarme del cuello, y tal como Darth Vader, va a apretujarme con “fuerza” la vida fuera de mí. Usted puede acompañarme. Me anuncia delicadamente. ¿Debo? Si debo. Aunque no estoy autorizado para abandonar mi puesto, el gerente se encuentra no disponible así que accedo, como si fuese un imán, a la petición del robo-hombre.

Sentados en la mesa. Frente a frente.
–Debo bajar esto de mi espalda de una vez por todas. ¿Es usted un robot?
–Si lo soy, ¿Por?
–Nomás, era una duda que teníamos.
–¿Quienes?
–Yo y una amiga.
–Sandra.
–¿Como supo?
–Nunca olvido una cara y su gafete. Además, soy un robot. Mi memoria es fotográfica.
–Si. Tiene sentido. De alguna manera. Creo.
–Vamos a lo importante.
– Espere un segundo ¿Usted espió el otro día fuera de mi casa?
–Si.
–¿Por que?
–No tenemos mucho tiempo. Debo explicarle. Este maletín… su contenido le pertenece.
–¿Que? ¿A mi? ¿Por qué? ¿Como? No entiendo.
–Tome este maletín.
–Pero…
–¡Tómelo! No deje que nadie vea su contenido. Me auto-destruiré en 10 segundos.  

El conteo regresivo empieza. Una bocina que lo anuncia peligrosamente parece venir del interior del caballero. Tomo el maletín y me escondo detrás de una estructura que parezca protegerme de cualquier venidera explosión. Cuando el conteo llega a ceros. El hombre se pone de pie. Se coloca su sombrero de nuevo y se dirige hacia la salida, como si nada hubiese pasado. Es mas, ni si quiera voltea a verme. Que fraude. Al menos me dejo su regalo. ¿Qué tendrá? ¿Dinero?. No lo se. Se abre con una especie de código y no lo tengo.

Esa noche, en casa, en cama, contemplando el día y su absurdo. Con la computadora en mis piernas en medio chat con Sandra. Platicándole todo lo anterior. No puede creerlo. Yo tampoco. Le sugiero que me haga una transmisión erótica con su cámara web. Se niega, pero accede a mandarme fotos. Es la primera vez que una de nuestras conversaciones se inclina hacia lo sexual. El internet hace a la gente diferente. Las hace sinceras desde su ficción. Unos bits más abiertos pero más lejanos. Sandra luce muy cute en su selección de jpgs que ha decidido enviarme. La amo. Necesito estar con ella muy mal. Ella se va a dormir. Al parecer yo también.

Un par de hombres de negro me persiguen entre una extensa selva. Al final de la arboleda, un poco de arena atenúa mi paso. Después de la arena, el mar. Los hombres me disparan. Esquivo las balas. De un clavado me sumerjo. Puedo respirar bajo el agua, como siempre. Veo las balas entrar al agua y romperla. Una de ellas me golpea. El líquido se entinta de rojo. Un anuncio de neón para los depredadores. Ya lo veo venir desde lejos. Una mancha primero, un pez después. En la cercanía imponente es un gigante tiburón que se posa frente a mí. Abre sus enormes mandíbulas. Me va a engullir. O eso creía. Por primera vez en mi vida, el tiburón de mis sueños hace algo no tiburón-esco. Habla. El tiburón habla una serie de números al azar. Números que podrían ser la clave que quiebra un maletín. 6, 11, 17, 26, 43, 47. Atascados en mi memoria para siempre. Despierto. Ya es la mañana siguiente.

Continúa aquí en Parte 3

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