miércoles, febrero 17, 2010

CONSTANTEMENTE SUEÑO TIBURONES

 -Parte I-

Es tiempo de ir a dormir otra vez. Algunos odian las rutinas. Yo no, pero tampoco me uniría a una fan page de ellas. Aun así, las necesitamos para entender lo raro de la cotidianeidad. Trabajo en un restaurante. A la mitad. No recibo los complementos del chef ni las propinas del mesero. Estoy todo el día en una caja registradora viendo ir y venir las cuentas. Siempre he creído que una mujer encajaría mejor en mi puesto, la costumbre supongo, pero la verdad no solo eso no me convendría, necesito el dinero, sino que trabajo en un tan malo restaurante que ni siquiera se ponen a contemplar esas oportunidades.

Hoy fue un extraño caballero. Pidió mesa para dos aunque nunca llegó su acompañante. Tenía un extraño maletín que nunca apartó de su lado. Exageradamente de su lado. Su manera de comer era muy extraña. He utilizado la palabra extraña muchas veces pero no hay otra para describir su condición. Jamás removió uno de sus guantes negros. Seguramente tenía una mano robot. No podría ser de madera ya que sus dedos flexionaban con facilidad. Lo segundo mas lógico es pensar que seria una mano de robot. Y si en total el señor hubiese resultado ser un robot, no me habría sorprendido en absoluto. Al concluir su comida, pidió la cuenta, naturalmente. Sandra, la mesera nueva, la mas guapa y de la que estoy increíblemente enamorado, se encarga de eso. Ella entonces se acerca a mí con el pago del caballero. ¿Es su mano de robot? Le pregunto. No lo se. No creo. Pero no me sorprendería. Me contesta. Ya somos dos. ¿Tendrá una bomba en su maletín? Pregunto, antes de regresar el cambio. Espero que no. No quiero morir ahora. Silencio. Nadie me extrañaría de todos modos. Concluye. ¿Qué diablos fue eso? Es decir, Sandra, con su corta cabellera negra cubriendo parcialmente el rostro, tatuajes en áreas perceptibles aun con ropa, accesorios oscuros con adornos de plata y un iPod plagado con canciones de Lords of the New Church, era de esperarse esa actitud emo-destructiva, pero, vamos, ¿Tan rápido y larga vida al cliché? Aparentemente si.

A la salida, me despido de todos. Especialmente me encargo despedirme de Sandra. Nos vemos mañana. Me dice mientras se pinta, ansiosamente, los labios con un rojo intenso. La luna se asoma entre la neblina. En el trayecto a la parada del autobús siento una mirada sobre mis hombros. Girar solo me hace notar una sombra en la distancia. La sombra de un señor con un maletín en su mano. Camina despacio para tomar su lugar a mi lado en la parada del transporte. Me ve. Tomando la punta de su sombrero con la mano robot, me suelta un agudo buenas noches. Buenas noches. Le contesto. El autobús llega. Intento darle el paso al señor, pero no se mueve. Subo primero yo. El no sube detrás de mí. Le veo permanecer de pie mientras el camión se aleja hacia mi casa.

Antes de dormir pienso en la tranquilidad que me da mi cama. Claro que pienso en Sandra. En el extraño hombre robot. La rareza del diario se aprecia cuando uno esta por viajar en el tiempo del hoy al mañana. En un cerrar y abrir de ojos. Afortunadamente, para mi no termina ahí. Constantemente sueño con tiburones. Si. Tiburones.

Tal vez tenia 10 u 11 años de edad, no lo se. Fui a dormir, como lo haré en unos cuantos minutos. Mi madre me dijo que fue por que bebí demasiada agua. Eventualmente moje la cama. Soñé con mi primer tiburón. Me asuste. No me comía, ni me perseguía ni nada que excusara mi emoción. Simplemente un tiburón nadaba hasta mi y yo de alguna forma me mantenía debajo de la costa, respirando bajo el mar. El tiburón se posa a unos centímetros de mí y me ve. Con esos ojos de lado a lado. Grité. Me desperté. Las sabanas estaban empapadas. La noche siguiente igual, sin orina esta vez. Y la que sigue y la que sigue. Y salvo contadas excepciones, todas las noches son lo mismo. Constantemente sueño tiburones.

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